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la cuarta pared

jueves, 12 de noviembre de 2015

Review: MECÁNICA POPULAR


By on 11:12 a.m.



Este año, por el estreno en salas de la mítica El Acto en Cuestión, de 1993, Alejandro Agresti estuvo en boca de todos. En este festival se presenta como uno de los argentinos compitiendo por el premio Astor de Oro a la Mejor Película en la Competencia Internacional... pero Mecánica Popular amagó y se quedó con las ganas. Veamos por qué.

La cinta explora el mundo editorial. Mario Zavadikner (Alejandro Awada) es un editor en una editorial mediana, orientada en sus orígenes a publicar psicología y filosofía, pero que con el correr de los años y el cambio en los gustos del público, se volcó a también a la ficción. Está al borde del suicidio, pero al borde literal, llegando al punto de sacar un arma del cajón de su escritorio una madrugada, cuando es interrumpido por los gritos de Silvia (Marina Glezer) que se escabulló al interior de la oficina pidiéndole que lea su ya tres veces rechazada novela manuscrita... o se suicida. Así, con una clara tensión inicial donde corren riesgo las vidas de ambos, amenazadas por sus propios instintos suicidas, da inicio el filme. Un comienzo prometedor y lleno de adrenalina que se diluye en el medio de vacías discusiones intelectuales.

Corre el whisky, y el sereno García (un impecable Patricio Contreras) se inmiscuye de a ratos, demostrando que es el menos intelectual pero el más lúcido de los tres, y entre debates sobre quién es el más beneficiado al publicar la novela y una tediosa medición fálica en materia "pensamiento", transcurre la acción. Cargada, cargadísima de diálogos eternos, monólogos que Awada entona con firmeza, pero en los que el tono de voz de Glezer no hace más que secarte las neuronas. El contendido de las discusiones no es apta para todo público: una persona más formada en Letras podrá entender mucho mejor que esta ignota cinéfila las numerosas referencias. Pero así y todo, la tensión logra mantenerse, hasta que la acción no avanza y el filme se torna soporífero.


Como dije antes, el intercambio de ideas es ni más ni menos que una mera medición de pitos. Una competencia de ver quién la tiene más larga, en la que editor y redactora se ven minimizados con cada sabia intervención del sereno, un asiduo coleccionador de la revista Mecánica Popular.

Cuando el nivel de tedio y de borrachera de los protagonistas está a punto de colapsar, Agresti intenta un cambio de aire con la transmutación de Glezer en Romina Ricci, la otra Silvia, la esposa fallecida de Mario. Todo un pasado lleno de reproches y discusiones ideológicas sin mucha variación a las que veníamos escuchando sale a la luz, en una especie de flashback mental, una alucinación, una similitud entre las dos mujeres. La atención vuelve a remontar hasta que... aparece el debate sobre la última dictadura militar, época en la que Mario y su Silvia se conocieron. ¿Por qué? ¿Para qué? Si ya sabemos que vivimos épocas de censura, de endeudamiento, de 30.000 compatriotas desaparecidos, ¿realmente hace falta recordarlo en cuanta cinta nacional salga a la luz? No, claro que no. Hay que dejar de hablar injustificadamente de la dictadura en cine por dos años.

Por suerte, estos monólogos inocuos -en los que el director hace lo mismo que critica- se ven interrumpidos, por un lado, por la mencionada aparición del sereno, y por el otro, por los flashforwards de lo que sucederá en la oficina al día siguiente, cuando Mario le pida a un desaprovechado Diego Peretti que le lea los informes detallando por qué rechazó la novelas previamente. De día, la oficina es otra. El cambio de la iluminación es fundamental. La oficina ya no es el limbo de una conversación filosófica infinita, es un espacio práctico, de acción, donde Awada se luce con una faceta mucho más sobria, activa e interesante de su personaje. Puteando a sus empleados y no a filósofos amarillentos y llenos de polvo, despliega su propia ideología, mucho más valiosa que cualquier otra leída, memorizada y, por ende, vacía.



VEREDICTO: 5.0 - DECEPCIONANTE

El mundo editorial es riquísimo y es una pena que la indagación sobre sus problemáticas se vea desaprovechada en una competencia entre dos snobs por ver quién sabe más de la vida en base a lo que han leído. De realización impecable y supeditándose a una sola locación, Mecánica Popular tenía todo para ser una gema, pero Agresti lo desaprovecha haciendo justamente lo mismo que critica de sus personajes.

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